Ramonet Ignacio. La Tirania de Las Comunicaciones

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Ígnació Ramónet La Tiranía De La Comunicación SUMARIO Prensa, poderes y democracia Ser periodista hoy La televisión necrófila Ideología del telediario Mitos y desvaríos de los media La batalla Norte-Sur en la información Conflictos bélicos y manipulación de las mentes Nuevos imperios mediáticos Europa, fragilizadas por la caída de los ingresos publicitarios, siguen siendo objetivo de la codicia de estos nuevos amos del mundo. Este moderno tinglado comunicacional y la vuelta de los monopolios,
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    Ígnació Ramónet  L L aaTTiirraannííaaDDeeL L aaCCoommuunniiccaacciióónn  SUMARIOPrensa, poderes y democraciaSer periodista hoyLa televisión necrófilaIdeología del telediarioMitos y desvaríos de los mediaLa batalla Norte-Sur en la informaciónConflictos bélicos y manipulación de las mentesNuevos imperios mediáticosEuropa, fragilizadas por la caída de los ingresos publicitarios, siguen siendoobjetivo de la codicia de estos nuevos amos del mundo.Este moderno tinglado comunicacional y la vuelta de los monopolios, preocupanlógicamente a los ciudadanos, que recuerdan las llamadas de alerta lanzados por GeorgeOrwell y Aldous Huxley contra el falso progreso de un mundo administrado por unapolicía del pensamiento. Y temen la posibilidad de un condicionamiento sutil de las mentesa escala planetaria.En el gran esquema industrial concebido por los patronos de las empresas deentretenimiento, puede constatarse ya que la información se considera antes que nadacomo una mercancía, y que este carácter predomina ampliamente respecto a la misiónfundamental de los media: aclarar y enriquecer el debate democrático.A este respecto dos ejemplos recientes han mostrado cómo la sobreinformación nosignifica siempre buena información: el asunto Diana y el affaire Clinton-Lewinsky.La muerte en accidente de automóvil a fines de agosto de 1997 en París de ladyDiana y de su novio Dodi Al Fayed, dio lugar a la tempestad informativa más fenomenalen la reciente historia de los media. Prensa escrita (diaria y periódica), radios y televisionesotorgaron a este acontecimiento más espacio que el dedicado a ningún otro asunto queafectara a un individuo en toda la historia de los medios de comunicación de masas.Millares de portadas de revistas, cientos de horas de reportajes televisados (sobrelas circunstancias del accidente, las especulaciones sobre su carácter accidental o criminal,las relaciones con la familia real inglesa, con su ex marido, con sus hijos, sus actividades   Ígnació Ramónet La Tiranía De La Comunicación Página 2 de 71 en favor de los desfavorecidos, su vida sentimental, etcétera.) fueron consagrados a lamuerte de «Lady Di».De Nigeria a Sri Lanka, de Japón a Nueva Zelanda, su entierro fue difundido endirecto por cientos de cadenas de televisión del mundo entero. En Venezuela y Brasil,miles de personas pasaron toda la noche en vela (a causa del desfase horario) para seguiren directo y en tiempo real sobre la pequeña pantalla las escenas de las honras fúnebres deDiana.Esta tempestad mediática ha sido comparada con la que el mundo experimentó conmotivo de tragedias que afectaron a diversas personalidades: se trata de un error. Ni elasesinato de John Kennedy, ni el atentado contra Juan Pablo II tuvieron una repercusiónmediática comparable (por no hablar más que de dos mega-acontecimientos) tratándoseademás de jefes del Estado y de la Iglesia, responsables políticos o espirituales, a la cabezade países o de comunidades integradas por cientos de millones de personas que, por sufunción - presidente de Estados Unidos y Papa de la Iglesia católica - , son personajeshabituales de los medios de comunicación y «ocupantes» casi de forma natural de lostelediarios del mundo.Dan Rather, Peter Jennings y Tom Brokaw tuvieron que regresar de Cuba, dondecubrían la visita del Papa y su encuentro con Fidel Castro.Por una vez, los periodistas de la pequeña pantalla tenían varios cuerpos de retrasorespecto a sus colegas de la prensa escrita, especialmente el Washington Post y elNewsweek, que estaban preparando el informe sobre las aventuras sentimentales deClinton desde hacía varios meses.De hecho, la prensa escrita buscaba su revancha desde los tiempos de la guerra delGolfo, que significó el triunfo, el apogeo y el cenit de una información televisada basadaen la potencia de la imagen. Y la obtuvo mediante la incursión en nuevos territoriosinformativos: la vida privada de las personalidades públicas y los escándalos ligados a lacorrupción y a los negocios: lo que podría denominarse periodismo de revelación (y noperiodismo de investigación). ¿Por qué? Porque en la revelación de affaires de este tipo lodecisivo es la producción de documentos, y estos son casi siempre textos escritos, papelescomprometedores, cuyo valor-imagen es, por así decirlo, nulo, y de los que la televisiónpuede sacar muy poco partido. En un terreno como éste, la prensa escrita retoma lainiciativa. Por ello desde hace una década en la mayor parte de los países se ha vistomultiplicar los informes y las revelaciones, sobre todo en materia de corrupción. En casitodos los casos es la prensa escrita la que los ha sacado, y prácticamente nunca latelevisión.En el asunto Clinton-Lewinsky, a falta de imágenes (los protagonistas seatrincheraban en sus territorios), las cadenas y la CNN se resignaron a organizar platós enlos que aparecían los periodistas de la prensa escrita. Michael Isikoff, autor del artículo deNewsweek y el único periodista norteamericano del momento en haber oído una de lasfamosas grabaciones de las confidencias telefónicas de Monica Lewinsky, llevaba a caboen esos días una especie de vaivén entre la CBS, la NBC y la ABC. Únicamente la cadenade televisión pública PBS ofreció una primera imagen realmente interesante: la entrevista-choque entre Clinton y Jim Lehrer, su presentador estrella.Todas las demás cadenas interrumpieron inmediatamente sus programas paradifundir extractos de la entrevista en la que el presidente norteamericano negócategóricamente haber mantenido relaciones culposas con la joven becaria de la CasaBlanca. A pesar de todo, la prensa del día siguiente tituló: «Sexo, mentiras y cintasmagnetofónicas.»   Ígnació Ramónet La Tiranía De La Comunicación Página 3 de 71 Efectivamente, la televisión ha dado la impresión de estar fuera de juego en todoeste asunto. Las revelaciones se iban conociendo a través de fugas y de informadoresanónimos, no se dejaban filmar. A pesar de todo, la televisión no dejó de tratar de entrar enel acontecimiento, desdeñando al mismo tiempo el resto de la actualidad internacional. Porejemplo, durante la rueda de prensa que siguió al encuentro entre Clinton y Yasir Arafat,no retuvo ni difundió más que las preguntas planteadas al presidente norteamericanorespecto a...¡sus relaciones con Monica Lewinsky! La imagen de Arafat asistiendo,impasible, a la travesía de Clinton sobre el fuego de sus entrevistadores, constituye una delas pruebas más delirantes de la actual deriva de los media.Desbordadas por los rumores y carentes de imágenes, las redes de televisión se hanvisto obligadas a afrontar un dilema sencillo: cómo hablar de la sexualidad presidencial sinhacer «telebasura» (TV trash). El «sexo presidencial»: los periodistas de la televisión sólohablaban para referirse a éste... En la ABC, Barbara Walters, la gran sacerdotisa de lasentrevistas «del corazón», se refería sin pestañear al «semen presidencial» que MonicaLewinsky habría conservado sobre uno de sus vestidos, explicando, con aire grave, que losfuturos análisis de ADN podrían traicionar a Clinton.La televisión norteamericana no aportó ningún elemento nuevo a la investigación.Las cámaras corrían siempre detrás de los reporteros de la prensa. Acabaron por encontrarsu salvación en los archivos de la CNN: el famoso achuchón de Clinton a MonicaLewinsky durante una fiesta en los jardines de la Casa Blanca, difundido repetidamente ydiseccionado por los expertos del body language («lenguaje del cuerpo»): «La miradaamorosa de Monica», «La palmadita cómplice en su hombro». Estas imágenes venían aconfirmar a posteriori que las cadenas de televisión no habían podido mostrar ni una solaimagen significativa desde el inicio del asunto.A partir de ese momento la rivalidad prensa escrita-televisión llegó al paroxismo. Ylos desvaríos mediáticos fueron multiplicándose. Los periódicos empezaron a publicar todolo que se les ocurría. El Dallas Morning News llegó al extremo de anunciar que poseía «laprueba» de que Clinton había sido sorprendido con Monica Lewinsky en una situaciónembarazosa, y la CNN no dudó en repicar inmediatamente esta falsa información para lapequeña pantalla. En fin, en la Fox, experta en telebasura, los comentaristas se preguntabancon un aire glotón: «¿Será Clinton un adepto al teléfono sexual?»La desproporción entre el supuesto acontecimiento y el estrépito de los media, llegóa tal extremo que llevó a hacer sospechar que Clinton había montado todas las piezas de lacrisis contra Bagdad para desviar sobre Irak y Saddam Hussein la potencia maléfica de losmedia. A pesar de todo, después de cinco días de delirios e histerias mediáticas, Clintonobtenía el 57 por 100 de opiniones favorables entre los norteamericanos. Los mismosnorteamericanos que se mostraban sin embargo persuadidos de que había mantenidorelaciones sexuales con Monica Lewinsky.Vemos así que, en la era de la información virtual, únicamente una guerra realpuede salvar del acoso informacional. Una era en la que dos parámetros ejercen unainfluencia determinante sobre la información: el mimetismo mediático y la hiper-emoción.El mimetismo es la fiebre que se apodera súbitamente de los media (con todos lossoportes confundidos en él) y que les impulsa, con la más absoluta urgencia, a precipitarsepara cubrir un acontecimiento (de cualquier naturaleza) bajo el pretexto de que otros - enparticular los medios de referencia - conceden a dicho acontecimiento una granimportancia.Esta imitación delirante provoca un efecto de bola de nieve, funciona como unaespecie de intoxicación. Cuanto más hablan los media de un tema, más se persuadencolectivamente de que ese tema es indispensable, central, capital, y que hay que cubrirlomejor todavía, consagrándole más tiempo, más medios, más periodistas. Los media se   Ígnació Ramónet La Tiranía De La Comunicación Página 4 de 71 autoestimulan de esta forma, se sobreexcitan unos a otros, multiplican la emulación y sedejan arrastrar en una especie de espiral vertiginosa, enervante, desde la sobreinformaciónhasta la náusea.La hiper-emoción ha existido siempre en los media, pero se reducía al ámbitoespecializado de ciertos medios, a una cierta prensa popular que jugaba fácilmente con losensacional, lo espectacular, el choque emocional. Por definición, los medios de referenciaapostaban por el rigor y la frialdad conceptual, alejándose lo más posible del pathos paraatenerse estrictamente a los hechos, a los datos, a las pruebas. Todo esto se ha idomodificando poco a poco, bajo la influencia del media de información dominante que es latelevisión. El telediario, en su fascinación por el «espectáculo del acontecimiento» hadesconceptualizado la información y la ha ido sumergiendo progresivamente en la ciénagade lo patético. Insidiosamente ha establecido una especie de nueva ecuación informacionalque podría formularse así: si la emoción que usted siente viendo el telediario es verdadera,la información es verdadera.Este «chantaje por la emoción» se ha unido a la otra idea extendida por lainformación televisada: basta ver para comprender. Y todo esto ha venido a acreditar laidea de que la información, no importa de qué información se trate (la situación en elOriente Próximo, la crisis del sureste asiático, los problemas financieros y monetariosligados a la introducción del euro, conmociones sociales, informes ecológicos, etc.),siempre es simplificable, reductible, convertible en espectáculo de masas, divisible en uncierto número de segmentos-emociones. Sobre la base de la idea, muy de moda, de queexistiría una «inteligencia emocional», esta concepción de la información rechaza cada vezmás el análisis (factor de aburrimiento) y favorece la producción de sensaciones.Todo esto convergió y tomó forma de repente a escala planetaria en el asuntoDiana. En aquel momento se perdieron todas las referencias, se transgredieron todas lasfronteras, todas las secciones y estilos periodísticos se pusieron patas arriba. Diana seconvertía en un «fenómeno mediático total»; un acontecimiento a la vez político,diplomático, sociológico, cultural, humano... que afectaba a todas las capas sociales entodos los países del mundo. Esto es lo radicalmente nuevo. Y cada medio (escrito, habladoo televisado) a partir de su propia posición, se sintió en la obligación de tratar este asuntoen beneficio de su público.La consecuencia principal de este mimetismo mediático y de este tratamientomediante la hiper-emoción es que (sin que incurramos en una paranoia primaria), todo estápreparado para la aparición de un «mesías mediático». Como vino a anunciarindiscutiblemente el asunto Diana. El dispositivo está listo, no solamente desde el punto devista tecnológico, sino sobre todo psicológico. Los periodistas, los media (y, en ciertamedida, los ciudadanos) se encuentran a la espera de una personalidad portadora de undiscurso de alcance planetario, basado en la emoción y la compasión. Una mezcla de Dianay de la Madre Teresa, de Juan Pablo II y Gandhi, de Clinton y Ronaldo, que hablaría delsufrimiento de los excluidos (4.000 millones de personas) tal como Paulo Coelho de laascesis del espíritu. Alguien que transformaría la política en tele-evangelismo, que soñaríacon cambiar el mundo sin pasar jamás a actuar en esa dirección, que plantearía la apuestaangélica de una evolución sin revolución.Por otra parte, la prensa escrita está en crisis. En España, en Francia y en otrospaíses está experimentando un considerable descenso de difusión y una grave pérdida deidentidad. ¿Por qué razones y cómo se ha llegado a esta situación? Independientemente dela influencia, real, del contexto económico y de la recesión, las causas profundas de estacrisis hay que buscarlas en la mutación que han experimentado en los últimos años algunosconceptos básicos del periodismo.
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